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Del sueño despertóme; ¿Quien es el atrevido, Airado dije entonces,

Que a tales horas llama,

Y al que duerme interrompe?
Abre, piadoso huesped,
Las puertas, me responde,
Y deja el miedo, amigo,
Que mi llamar te pone.
Porque soy un muchacho
Que ando toda la noche
Perdido por ser ciego,
Y helado por ser pobre.
Yo movido á sus ruegos,
Y amigable á sus voces,
Las puertas abrí luego,
Porque entre el que las rompe.
Cuando ví un niño ciego
Al modo de los Dioses,
Con alas en sus hombros
Y en su carcax arpones.
Subíle á mi aposento,
Encendí mis carbones,
Enjugué sus cabellos,
Y apagué sus temblores.
Sus manos con las mias
Le apreté, y él entonces,
Viéndose redimido
Del hielo y sus rigores;
Probemos, dice, el arco,
Por si el nervio se encoge:
Y estirando la cuerda

El pecho atravesóme.
Luego con mil risadas
De mi casa salióse,
Diciendo al despedirse:
Huesped, queda á los dioses;
Pero primero advierte,
Que tras hacer tal golpe,
Mis arcos quedan sanos,
Y tú con mil dolores.

XIV.

La rosa de Cupido
Juntemos á Liéo,
Y della laureados,
Bebamos y jugemos.

La rosa que

á las flores

Es suave ornamento,

Y del verano alegre
El cuidado primero:
La rosa que á los dioses
Es deleite, y por esto,
De rosas coronado

Danzas sigue el de Venus.
Haz pues, ó padre Baco,
Que de rosas compuesto,
Y de lira adornado,
Me reciba tu templo.
Süaves daré olores,
Süaves diré versos,
Y juntos yo y mi dama

Süaves bailaremos.

XV.

Amada palomilla,

¿De donde, dí, ó a donde
Vienes con tanta priesa,
Vas con tantos olores?-
¿Pues á ti, qué te importa?
Sabrás que Anacreonte
Me envía á su Batilo,
Señor de todo el orbe:
Que como por un himno
Me emancipó Dione,
Nombróme por su page,
Y él por tal recibióme.
Suyas son estas cartas,
Suyos estos renglones,
Por lo cual me promete
Libertad cuando torne.
Pero yo no la quiero,
Ni quiero que me ahorre;
Porque ¿de qué me sirve
Andar cruzando montes,
Comer podridas vacas,
Ni pararme en los robles?
Á mí, pues, me permite
El mismo Anacreonte,
Comer de sus viandas,
Beber de sus licores:
Y cuando bien brindada
Doy saltos voladores,
Le cubro con mis alas,

Y él dulce las recoge.

Su cítara es mi cama,
Sus cuerdas mis colchones,
En quien suavemente
Duermo toda la noche.
Mi historia es ésta, amigo;
Pero queda á los Dioses,
Que me has hecho parlera,
Mas que graja del bosque.

XVI.

Una taza me forja
De plata; pero en ella,
Vulcano, no me pintes
Armadas ni peleas.

Porque yo ¿qué con Marte?
Solo harás que ella sea,
Ya que no la mas ancha,
La mas honda que puedas.
Ni tampoco me esculpas
Las lucientes estrellas,
Ni el carro de las Osas,
Ni el Orion que hiela.
¿Qué á mí las Pleiadas
Ó el Boótes me prestan?
Pero grávame vides
Con racimos que pendan,
Y á Baco juntamente
Que los esprima en ella,
Con Amor y Batilo

Mas bello que las bellas. i

XVII.

Si alargarse pudiera
Nuestra vida con oro,
Sin duda le buscára

Por un mundo ó por otro;
Y así luego á la Muerte
En el dia forzoso;

Le diera una gran suma,
Porque volviera el hombro.
Pero ya que es vedado
Hacer del hado logro,
¿De qué sirve el gemido?
¿De qué sirve el sollozo?
Tambien, si inexcusable
Es la via del Orco,
¿Para qué las riquezas?
¿Para qué los tesoros?
Pues ea, venga el vino
Que me salte á los ojos;
Que entre mis camaradas
Quiero hacerme beodo.
Y tambien la muchacha
Con risadas y gozos,
Y deme mil abrazos,
Que yo le daré otros.

XVIII.

Al Amor descuidado Cogieron las Pimpleas, Y con grillos de flores Al Decoro le entregan.

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