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quien dice: sí, se restituirá el reino; pero no seais curiosos en inquirir el como y el cuando, que esto lo ha reservado el Padre á sí, y no quiere comunicarlo. Lo que hace mui creible lo que nos dice S. Ireneo, que le aseguraban muchos haber oido esta doctrina del reino Milenario de la boca de S. Juan Evangelista. Si preguntamos á los señores censores, si ya estamos en tiempo que venga el Anticristo, ciertamente no nos dirán, que nos dejémos de fábulas rabínicas, de sueños y delirios: nos dirán, en órden al tiempo, no seais curiosos, eso solo Dios lo sabe, y no quiere que nosotros lo sepámos por aora. Conque no niegan, antes suponen la futura existencia del Anticristo.

Volvámos á nuestras consecuencias. Luego podemos sí afirmar que el reino temporal de Jesucristo nos viene de verdadera y legítima tradicion; pero negamos redondamente que el sistema que defiende este reino sea por eso un dogma de fe. Para esto no basta que uno ó muchos millones de autores privados prueben que es una verdad contenida en las divinas Escrituras, ó derivada de legítima tradicion es indispensablemente necesario, que así sea declarado formal y auténticamente por la pública autoridad de la Iglesia, á quien toca privativamente manifestar con infalible certidumbre el verdadero sentido de las Escrituras, y la legitimidad de las tradiciones. Cuantas verdades hai en el seno de la revelacion que están todavia ocultas, sobre las cuales disputan por una y otra parte los teólogos, teniendolas unos por de fe y otros no? Esto no quiere decir mas, que ser opinativamente reveladas; pero no dogmas de fe á que debemos necesariamente asentir. Por mas que una doctrina se demuestre con razones evidentes contenida en las Escrituras; mientras la Iglesia no lo declare con suprema autoridad, será verdadera metafisica, ó moralmente, pero nunca dogmáticamente; ó cuando mas será un dogma implícito, no esplícito, como se requiere para obligar á los hombres al asenso, só pena de incurrir en formal heregia con la renuencia.

Paralogismos, escándalo.

Y bien, replican los opositores, si como se ha probado el sistema Lacunziano viene de legítima tradicion, el sistema vulgar es diametralmente opuesto á la tradicion. Y hé aquí que se sigue necesariamente, que el Cristianismo ha estado por tan largo tiempo engañado en un punto de tanta importancia, cual es uno de los novísimos: y que la Iglesia ha cooperado á este engaño, dejandolo correr y permitiendo que lo enseñen sus doctores. Y de aquí ¡ qué escándalo funestísimo para los fieles! Han creido esta doctrina constante y universalmente, porque así se la han enseñado sus propios pastores, sus predicadores, sus mas acreditados catecismos, y en suma todos sus doctores. Y ¿qué seguridad podrán tener en los otros puntos de doctrina Cristiana, si en este se reconocen engañados de aquellos mismos que debian instruirlos en la verdad? Y hé aquí titubeante la fe acerca de las verdades mas sustanciales de nuestra santa religion: pues se puede dudar de todas, viniéndoles del mismo engañoso canal de sus pastores. Y hé aquí, dirémos nosotros, un argumento de los mas sofisticos y aparentes, compusto de varias equivocaciones y paralogismos. Bastaba reflexionar un poco en los egemplos que hemos propuesto de comun creencia, para conocer la insubsistencia del argumento. Nos valdrémos solamente de uno de ellos, por la analogía que tiene con nuestro asunto, ya que las retorciones suelen tener mucha fuerza contra los sofismas.

Es acaso igualmente antiguo y universal entre los fieles el creer, como les han dicho tambien sus párrocos, catecismos y doctores, que en el instante en que se separa el alma del cuerpo de cada uno de los mortales, se presenta al tribunal de Jesucristo á darle cuedta de todas sus obras, palabras y pensamientos, acompañada por un lado del angel custodio, como testigo, y por otro del demonio como acusador. Esto se lee en los libros espirituales y en los catecismos, esto se oye de boca de los predicadores: ape

nas habrá parroco celoso, ó padre diligente de familia, que no esponga de este modo el juicio particular á sus respectivos parroquianos y domésticos. Y pregunto: ¿qué teólogo acreditado, qué parroco bien instruido de lo que es dogma habrá que se atreva á decir que esta forma de juicio es un dogma de fe que conste de la Escritura, ó que nos viene de legítima tradicion? Luego se viene á los ojos la variedad con que esponen esta forma de juicio, cada uno segun su ingenio, talento y elocuencia. Y el dogma no se compone con estas variedades. Mas: no se puede verificar esta forma de juicio sin que Jesucristo baje á formar su tribunal á la cama de cada uno de los innumerables que mueren á cada instante en el mundo, ó que las almas suban al cielo. Lo primero, no: porque quedaria diminuto el dogma que nos enseña la real presencia de Jesucristo en dos lugares: en el cielo á la diestra de Dios Padre, y en el santísimo Sacramento del altar: conque nos falta en este artículo la multiplicacion de Jesucristo y de sus tribunales. Tampoco lo segundo; ¿ como puede caber en los sesos que los precítos, y las almas que tienen que purgar hayan de entrar por las puertas del cielo, cuando sabemos de cierto, que nada corrompido entrará en el reino de Dios? Conque es falso que las almas deben presentarse real y verdaderamente al tribunal de Jesucristo acompañadas de su angel custodio y de los demonios. Y no obstante, esto se enseña, esto se imprime, esto se predica, &c. En suma, este argumento se puede proponer con la misma energía y eficacia con que se propone el de nuestro caso: pues con la misma firmeza se creen dichas circunstancias del juicio particular, que las que nos espone el sistema vulgar en órden al juicio universal. Y así lo que están obligados á responder á esta retorcion los señores censores, les respondemos á su gran sofisma.

Pero por ahorrarles el trabajo, dirémos lo quo deben responder á nuestro argumento, respondiendo nosotros el suyo y decimos que su argumento contiene varios paralogismos, y por abreviar mostrarémos dos de mayor en

tidad. El primero consiste en una falsísima suposicion, que los fieles crean con fe sobrenatural y divina todas aquellas particularidades de la segunda venida de Jesucristo que les enseñan en el sistema vulgar, confundiendo la creencia divina con la pía credulidad. El segundo consiste en no distinguir la sustancia del dogma, de sus circunstancias ó accidentes, formando de uno y otro un solo indivisible obgeto material de la fe: y queriendo persuadirse y persuadirnos que los fieles creen uno y otro con igual fe. Pero vamos á la práctica antes de recurrir á la teología. Pregúntese á cualquiera fiel Cristiano si cree que Jesucristo ha de venir á juzgar á los vivos y á los muertos: al punto responde que sí lo cree, porque es un artículo de fe, que así lo dice el credo: y hé aquí la creencia sobrenatural y divina. Pregúntesele mas: ¿ si cree que Jesucristo vendrá con esta ó la otra pompa? ¿Si cree que ha de juzgar á los vivos verdaderos, ó á los vivos por la gracia? Si cree que todos los millones de millones de hijos de Adán se juntarán en el valle pequeño de Josafat? ¿Si cree que luego luego se volverá á los cielos? ¿Si cree? &c. &c. Si no es un solemnísimo zoquete, responderá al punto: Sr., esto no está en el credo; pero he oido á varios predicadores, y he leído algunos libros que esplican estas cosas, bien que con alguna variedad: pero sí lo creo, porque así lo dicen, y entre otros nuestro párroco: y hé aquí evidentemente la fe humana, la pia credulidad: y hé aquí como prácticamente distinguen la sustancia del dogma de sus circunstancias, aun los fieles que no han estudiado teología.

Pasémos á los doctos y teólogos. Para conocer de que naturaleza sea, ó como deba llamarse la fe pública y comun de los fieles acerca de algun punto doctrinal, es necesario observar sus propiedades, y el juicio de la Iglesia (no entendamos hablar de aquella cualidad intrínseca, cuyo conocimiento toca á aquel que solo lee en los corazones, y que es imperscrutable á los hombres) cuando en alguna doctrina se ve una suma firmeza y uniformidad en todos los verda

deros creyentes sin exepcion de doctos ó indoctos, y cuando la Iglesia condena públicamente á los disensientes, es señal evidente que la tal doctrina se cree con fe sobrenatural y divina, fundada única y precisamente en la divina inalterable autoridad. Así se cree, v. g. la real y permanente presencia de Jesucristo en el augusto sacramento eucarístico y por eso la Iglesia no ha dejado jamás de refrenar la audacia de aquellos que ó la han restringido á tiempo, ó modo, no conservando la unidad del dogma. Por el contrario, cuando la cosa que se cree por el comun de los fieles, ó se niega, ó se duda, ó se varía en la esposicion, no conservando la uniformidad, los doctores, sin esperimentar por eso reprension, ni menos reprobacion formal de la Iglesia, falta visiblemente aquella firmeza y uniformidad que constituye la fe sobrenatural y divina, ni resplandece el juicio de la Iglesia; por consiguiente este género de creencia no puede ser sino humana, apoyada en la autoridad de los hombres.

De este género es inconcusamente la creencia que se da á las particularidades que acerca de la segunda venida de Jesucristo enseña el vulgar sistema. Basta observar la infinita variedad con que se esplica este punto en libros, cátedras y púlpitos, sin que la Iglesia haya espedido jamás decreto alguno para refrenar tanta variedad de opiniones. Luego la creencia que se da á estas circunstancias, no se debe reputar divina y sobrenatural, esencialmente inalterable, firme y uniforme. Y aun dado caso que algunos idiotas tuviesen por divina esta su creencia, no hai razon alguna para que esto pueda servir de regla para afirmar que así es, o debe ser. ¡ Pobre fe si dependiese de los sentimientos del vulgo! La conciencia errónea con que algunos idiotas suelen creer algunas cosas juzgándolas falsamente reveladas, siendo invencible, escusará su credulidad; la cual de ninguna manera puede ser fe sobrenatural, como con otros teólogos de primera clase nos enseña Suarez. (disp. vii, de fide, sect. xiii.)

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